Si alguna vez te preguntaste qué escriben
los que escriben Lamás Médula, acá
está la respuesta: Fato in casa, la nueva
sección que presentamos a partir de este número.
Con un cuento de nuestra benjamina, Laura Dodyk,
nacida en la provincia de Buenos Aires, Argentina, y una serie de
poemas del mexicano radicado en California, Martín
Camps.
¡Suck this mandarin!
Un cuento de Laura Dodyk
La Camila (inédito)
- Y esta es mi hija Camila.
Todo lo otro dejó de hacerme ruido en la cabeza. Qué me
importa la cosecha del tabaco, los gusanos en el maíz, las cotorras
que se comen las ciruelas. Viejo de mierda. Lo único que quiero
es descansar, olvidarme de cosas, estar en silencio. A la mierda con
el campo del tío. Y esta es mi prima Camila. Negra, con la boca
enorme come una ciruela amarilla y le chorrea jugo por la muñeca.
Me hace acordar inmediatamente a la escena del best seller de Suskind,
en la que la adolescente pelirroja estaba descarozando ciruelas amarillas
ante una mesa, sola, y el loco de Grenouile va y la mata. Una de las
peores novelas que recuerdo haber leído este último año.
Y así que ésta se llama Camila. Camila siempre me sonó
a nombre de rubia, no sé por qué. Será simplemente
porque las dos Camilas que conozco son rubias, pero esta es una Camila
negra. Bueno, “negra”. Es decir, cobriza, india, guaraní.
Mi tío es mezcla de polacos con españoles, como yo, y
se casó con una aborigen de acá de Misiones, que murió
en el parto a los quince años. Y esto que come ciruelas adelante
mío es el resultado.
-Camila, este es Mauricio, mi sobrino de Buenos Aires.
La chica me mira y sigue chupado una ciruela, sin hablar. Parece tarada.
Tiene los ojos hundidos y una expresión melancólica de
mono. Está muy lejos de la púber pelirroja de Suskind.
Esta es, con suerte, una de esas tahitianas de Gaugin.
-Te pido disculpas, mi hija no es de hablar mucho. Terminó la
primaria hace unos años y a partir de ahí se volvió
callada. No sé qué hacerle.
- Ah ?digo yo.
- Es difícil. Uno trata de hacer el mejor esfuerzo como padre,
pero siempre falta algo. La protejo de los hombres que pasan por acá,
de los peones. Nadie es santo con una chica como ella. Por un lado quiero
protegerla pero por otro lado me duele verla tan sola. Si viviéramos
en la ciudad sería más fácil.
- Claro.
Camila mira. Se nota que no está nada contenta con lo que dice
mi tío. Se levanta. Sale. No es tan gorda como pensé.
Tiene el cuerpo macizo como las tahitianas de Gaugin, pero no es gorda.
Seguramente cuando pase los treinta va a ser culona y cuadrada, pero
ahora está más o menos bien.
- Apenas habla conmigo, pero es una buena hija. Es cariñosa,
atenta y me cuida porque ya estoy medio viejo. Me hace tomar agua y
jugos. Acá el sol es terrible, como te habrás dado cuenta.
Sí, es terrible. Hasta los perros se esconden abajo del tractor
y las ovejas se juntan todas allá, a la sombra del mango aquel.
Cuando pega el sol no se trabaja, se duerme. Nos gusta trabajar a la
madrugada, antes del amanecer. Ya te vas a acostumbrar a los horarios
nuestros.
- Pero me quedo unos días nomás, tío.
- Por mí, te quedás a vivir. Quién te dice, te
pica el bichito del campo. Vos sabías que trabajar en el campo,
tener campos propios, es como apostar. Uno se las tiene que jugar todas.
Hay que tener cabeza, Mauricio. Hay que ser avispado. Acá el
que se duerme, el que calcula mal los números y las fechas, pierde
todo. ¿No te gustaría trabajar en el campo? ¿Eh?
¿Tener un terrenito propio? Vos sabés que te heredaría
todo esto. No tengo hijos varones, solamente la Camila, que no sirve
para nada. Mauricio, sería bueno, eh. Trabajar juntos, crecer,
y cuando yo me vaya, todo esto te queda para vos solo.
- Qué me decís?
- Que lo voy a pensar.
Viejo pesado. Ya sabe que tengo mi vida. Ya sabe que me importa una
mierda tener este campo suyo. Vine de visita y me quiere de socio. Yo
soy de ciudad, lo lamento.
Voy al cuarto que Camila y una sirvienta sorda prepararon para mí.
Tengo un baño para mí solo. La cama es cómoda.
Los muebles parecen limpios. Lo que me preocupa de este lugar es el
mal de Chagas. Ya vi una vinchuca muerta, aplastada contra la pared
de la entrada. La dejaron ahí los hijos de puta, como una marca
para que uno sepa que esos bichos están y no pueda dormir en
paz. No sé si hice bien en venir a visitar al tío.
Me quedé dormido. Deben ser ahora como las
tres de la tarde o más. Mirando el techo me doy cuenta de que
las vigas están todas agujereadas. Esos deben ser nidos de algún
bicho. Ni idea si las vinchucas hacen nidos en agujeros. Por ahí
son nidos de termitas o algo así. Hormigas voladoras, tal vez.
Hoy hace veintitrés días que no la veo a Marcia. Y, si
no calculo mal, hace treinta que no la pongo. Pendeja de mierda. Ahora
debe estar con el intelectual ese que estudia algo con computadoras
y usa lentes. La verdad es que soy el más boludo para que mi
novia me deje por ese. O será que el pibe tiene algo que no conozco.
Marcia y la reputísima madre que te parió. Desde aquella
vez no quise pensar en las cosas que me dijo. Ahora tampoco quiero.
Quiero dormir mucho, dormir hasta la noche y a la noche salir a andar
por ahí. Caminar por la ruta, si no hay nada mejor. Ir a alguna
de esas wiskerías de mala muerte que hay por acá, con
putas paraguayas de catorce años que la tienen más clara
que uno. No, putas no. Estoy hecho un maricón. No puedo pensar
en minas. Solamente pienso en la forra de Marcia y en lo contenta que
debe estar allá con su novio de lentes, bermudas y medias.
Entra mi tío con una bandeja llena de comida. Dos patas de pollo
que más que de pollo parecen de ñandú, jamón
crudo, queso de dos clases y un tachito con pedazos de mango. También
tiene una botella de vino sin etiqueta. El olor del mango se mezcla
con el del jamón crudo y en el aire se forma algo perfecto. Mi
tío y yo comemos. Creo que nunca disfruté tanto de una
comida.
- ¿Esto es pollo, tío?
- Es pavo. Pero fijate que tiene mejor gusto que el pavo y que el pollo.
Es por las verduras que les doy.
Sigo arrancando pedazos de carne mantecosa. El vino es un tinto dulce,
como una mezcla de malbec con mistela. No está muy bueno ni va
bien con el pavo, pero no me puedo quejar.
- Tío, esta comida es buenísima.
- Mi hija preparó la bandeja.
- ¿Ella no come?
- Come, sí. Come en la cocina, con la sirvienta. Le gusta comer
ahí. Yo como con los peones o solo en el secadero de tabaco.
Me gusta ir al secadero. El olor, el silencio, la sombra.
Mi tío se va y me deja la bandeja con el vino. Queda bastante
queso y jamón. Todavía me hace ruido la palabra silencio.
La voz de mi tío es muy ruidosa.
Salgo a caminar por ahí. El sol bajó,
pero igual pica, y me pican mucho un par de ronchas que me aparecieron
cuando me desperté de la siesta. El tío dijo algo del
silencio y desde que llegué a este lugar no pude dar con algo
parecido al silencio. Ahora mismo hay un ruido tremendo de grillos,
chicharras, ranas y vaya uno a saber qué otras alimañas
de la selva. El ruido es tan alto que, si quisiera hablar, tendría
que levantar la voz muy fuerte. Es un ruido uniforme, como el motor
de una máquina que uno puede apagar de un instante a otro. Se
hace de noche. Las estrellas palpitan apretadas en el cielo y en la
zanja del costado de la ruta. Ahí, en el aura de luz de ese farol,
hay cientos de bichos. Es una nube de bichos chiquitos, pero también
hay cascarudos grandes y polillas de esas que son gordas y con pelos.
Odio los bichos. Si presto atención puedo aprender a separar
los diferentes ruidos que se escuchan, como en una orquesta. Abajo las
ranas, bien arriba los grillos. Hay un ruido como a alarma de auto que
viene de lo espeso de la selva. Mientras más pienso en los ruidos,
más me taladran la cabeza. Ese ruido lo conozco bien, es como
una carcajada estrepitosa. Son las garzas. Lo que no sabía era
que andaban de noche. Tal vez sea su último canto antes de irse
a dormir. Igual que yo.
De la wisquería se escucha una música como una zamba cantada
en portugués. El sonido es pésimo. La pared blanca, iluminada
por tubos verdes, está llena de bichos. La puerta está
protegida por una de esas cortinas que tienen tiras de plástico
por las que uno pasa haciendo ruido. Si uno presta atención,
las tiras de plástico tienen colores, y los colores forman la
figura de una mujer. Me tapo la cara con el brazo y atravieso la cortina.
Estoy adentro.
- ¡Oi!
- Hola.
- ¡Pase rápido, rapaz, que se nos llena la cueva de bichos!
- Perdón.
Tal como me imaginaba, era el lugar más deprimente que había
visto en la vida. Estoy exagerando, claro, pero es bastante triste.
Dos hombres sentados en una mesa. Pero sentados en la mesa, sobre la
mesa. Y en la misma mesa hay un tetra cortado por la mitad. Una mujer
de unos cuarenta años pasa un trapo por otra mesa, en la que
estaba sentada una chica que no llega a los veinte y se acaba de bajar,
que ahora me mira, de pie, tan sonriente como los dos hombres.
- ¡Venga y póngase a bondad!
No sé por qué gritan tanto. Tal vez viven en el medio
de la selva y están acostumbrados a tener que gritar para escucharse.
No me gusta esto. Me acerco, por inercia o porque ya estoy incómodo
por demás y pienso que ya que estoy acá, tengo que hacer
algo. Uno de los hombres, el que me habla, me alcanza el tetra cortado
por la mitad. Claro, tiene hielo. ¿Pero no tienen vasos acá,
la puta que los parió? Y no. Aparentemente no hay ni vasos ni
sillas. Atrás hay una puerta entreabierta. Se ve todo oscuro.
Seguro que ahí tenés que meterte si te vas a coger a la
chica esta. Hago como que tomo vino y lo devuelvo.
- ¡Eh, pero no me haga así! ¿No le gusta el vino,
rapaz?
- Ya tomé antes de salir.
- Muy bien hecho, hijo. Mas vale venir ya bebido. ¿No te gusta
nuestra Selva?
- Ah, sí. Lindo lugar. Salvaje.
Los dos hombres ríen, y la chica se lleva la mano a la boca para
reírse bajito. La mujer que limpia se muerde los labios como
quien dice “qué pelotudos”.
- ¡Pero no, hijo! ¡La Selva es esta criatura que tenemos
acá!
- Ah, claro.
Finjo una risa. Se ve que siempre hacen este chiste idiota. La chica
se me acerca tímida.
- Me llamo Selva Beatriz.
Tiene una vocecita dulce, demasiado aniñada. Ahora que la veo
de cerca, debe tener dieciséis años como mucho. Se le
nota la ignorancia y el abandono en los ojos. También, pero esto
debe ser cosa mía, le noto el sexo precoz en el modo afectado
de hablar. Tiene una cicatriz al lado de un ojo, que parece la continuación
de la ceja. Cada dos segundos se lleva la mano a la cabeza y se tapa
esa parte de la cara con un mechón de pelo. Me da pena, pero
es de esa pena mezclada con asco. Me la imagino cogiendo con estos dos
tipos y me dan ganas de matarlos a los tres. Se me acerca más.
- ¿Cuántos años tenés? ?me dice y se acomoda
el pelo.
- Veintitrés. ¿Vos?
- Veintitrés, qué joven.
- ¿Y vos?? repito.
- Quince.
Me lo dice tímida, pero con orgullo infantil. Los dos hombres
hablan por lo bajo y toman vino de a sorbitos. Cuando los miro me sonríen.
La chica me hace sentar en la otra mesa. Se me sienta al lado y me apoya
el brazo en el hombro, con el torso vuelto hacia mí. Me doy cuenta
de que ya estoy hasta el cuello en esta situación. La vieja que
limpiaba desapareció. Se me ocurre que puede ser la madre de
la piba.
- Me gustás mucho.
- ¿Qué?
Se ríe, de vuelta tímida. De golpe me hace reír
también, apenas. Me doy cuenta de que afuera podría ser
linda, graciosa. Tiene linda risa.
- Que me gustás. Mucho.
Se acerca más. Creo que quiere que la agarre. Me está
apoyando una teta dura y chica contra el brazo.
- Ah ?digo.
- ¿Y yo no te gusto?
Pero la puta madre, ¿qué hago acá? Esta infeliz
debe creerse una belleza en el mundo de pederastas en que vive. Siento
que me pongo rojo de vergüenza y eso no me deja pensar bien. Me
aparto un poco. Hago como que me aparto para poder mirarla a los ojos.
- Y, sos una nena muy linda, sí.
Se ríe con las cejas bien arriba y se le ven todos los dientes.
Me agarra la cara como para besarme, pero yo le hago sacar las manos.
Tal vez fui muy bruto. Me mira seria. Los ojos brillantes. Los dos hombres
también me miran. Me estuvieron mirando todo el tiempo. La zamba
que suena de fondo hace a la situación todavía más
incómoda. Siento por adentro el arrebato de gritarles que apaguen
esa radio de mierda, pero estoy callado. Me dan ganas de morirme acá
mismo, de desaparecer para siempre. Saber de la existencia de esta Selva
Beatriz me da ganas de matarme. Y la mataría a ella conmigo.
- Selva, venga para acá, deje al rapaz.
Habló el otro tipo, el que tomaba vino en silencio. La chica
me mira con la boca abierta, con una lágrima que ya se le está
por caer del ojo, y va y se sienta en las rodillas del tipo. Se abraza
a él y me mira vengativa.
- Puede ser que no tenga plata para pagar ?le dice el otro tipo a la
chica.
La chica dice algo que no escucho y enseguida el mismo tipo me dice
que por ser yo, ella se acostaba conmigo por la plata que yo decidiera.
- Es una criatura ?digo, y amago a salir. Pero antes de atravesar la
cortina de las tiras de plástico, los dos hombres me dicen que
tengo que pagar por el vino. La puta madre. Les tiro un billete de dos
pesos, que es una fortuna por el sorbito horrible que tragué.
Me agradecen. Salgo. Esta es la primera y la última vez en la
vida que entro a un lugar de estos.
Me despierto al mediodía con la voz buenaza
de mi tío. Le digo que pase, que está abierto. Entra y
me abre la ventana. La luz que entra casi me deja ciego.
- Escuchá, Mauricio. Escuchá los pájaros.
- ¿Qué son, tío?
Me hago el interesado.
- Los boyeros están como locos porque vinieron unos tucanes a
la mañana. ¿Vos sabías? Los boyeros hacen los nidos
cerca de las casas para que no los ataquen los tucanes. Hay tantas cosas
lindas en la selva, Mauricio. El tucán mete el pico hasta el
fondo de los nidos del boyero y le come los huevos, por eso hacen este
escándalo cuando ven algún tucán. ¿Los querés
ver? Levantate, que es tardísimo. A esta hora yo ya me acuesto
para dormir la siesta y vos ni siquiera te levantaste.
- Sí, tío, ahí me levanto.
- Vamos, y vení a desayunar.
Me preparo y voy al comedor. Están todas las ventanas de la casa
abiertas, pero no corre aire. El calor es insoportable y parece que
soy el único que lo siente. Ahí está Camila. La
Camila. Está inclinada sobre la mesa y come pedacitos de mango
con un tenedor. Me mira de reojo y deja el tenedor en el plato. Sale.
Es rara. Parece estúpida. La veo que camina al sol y se acerca
a la palmera de la que cuelgan como veinte nidos de boyero. Está
de espaldas. El pelo negro y liso se chupa todo el sol. Los boyeros
le vuelan cerca. Los gritos de los pájaros entran en la casa.
Acá el silencio no existe.
Tomo leche y como del mango que Camila dejó en la mesa con el
mismo tenedor. No sé adónde está mi tío.
Se me ocurre que ya se acostó a dormir su siesta. Acá
tienen vacas de colores claros que dan una leche que es pura crema.
Es la mejor leche que tomé en la vida. Pienso en Marcia. Sonrío
sin querer porque me acuerdo de su voz de resfriada por teléfono,
la vez que me llamó para decirme que le había ido bien
en el final de biología. Le había reconocido la voz, pero
inmediatamente me reí porque sonaba como una estúpida.
En ese momento la extrañaba mucho y quise ir enseguida para su
casa, pero ella no quería porque era tarde y los padres dormían.
Pero fui igual, sin hacer ruido. Abrió la puerta despacio, en
piyama, con los ojos chiquitos. Me acuerdo que no quiso que la besara
para no contagiarme, pero yo la besé igual y tenía un
gusto raro en la boca. Nos habíamos quedado dormidos, yo me desperté
a las tres de la mañana y ella dormía desnuda abajo del
acolchado blanco y rosa que tenía desde los diez años.
Recuerdo que la besé en el cuello y sentí que estaba despierta,
pero igual ella se hacía la dormida. La besé todavía
en la boca y me devolvió el beso, pero como si durmiera. Le dije
“chau, hermosa” y contestó “chau”, con
la voz profunda como si me hablara desde el sueño, pero era claro
que estaba despierta. Marcia. Hija de mil putas. Me doy cuenta de que
estoy llorando como un imbécil. Miro a ver si alguien me ve y
ahí está la sirvienta sorda. Disimula. Pasa un plumero
por quinta vez en el mismo mueble. Qué me importa esta vieja.
Paso la tarde en mi cuarto, leyendo por segunda vez
“Retrato del artista adolescente”. Me encanta releer libros.
Este lo leí a los quince años y me encantó, pero
ahora me puedo identificar con Stephen de formas nuevas. Cuando termino
el capítulo cuatro me levanto y miro por la ventana. Hay un perro.
Ahí está Camila, en una hamaca paraguaya que va desde
la palmera de los boyeros hasta el tronco flaco de un ciruelo. El ciruelo
es de frutas violetas, y tiene todavía algunas flores color manteca.
Veo desde acá abejorros y mariposas. Un abejorro se metió
en mi cuarto por la ventana e hizo un ruido insoportable. Ni bien salió
cerré la persiana, pero la tuve que volver a abrir por el calor.
No sé si acá conocen un invento tan genial como el del
mosquitero. Camila se mece en la hamaca. Creo que está comiendo
algo. Come uvas. Cada tanto baja una mano y el perro le lame los dedos.
Con los mismos dedos se lleva las uvas a la boca y se toca el pelo.
La tela azul le dibuja las formas de los hombros y las caderas. Cae
por un costado su pelo negro. Ahora se le puede ver el perfil de la
cara. Es ñata como una japonesa. O como una polaca. Una polaca
negra y de boca enorme. El sol no está tan alto. Salgo.
Camino por el pasto mirando esto y aquello, como si me interesara. Hay
una parra de uvas blancas. Los perros están echados abajo de
la parra y cada tanto se molestan en cazar alguna mosca con abrir y
cerrar la boca. Hay una yegua gris y un potro marrón oscuro con
una cruz blanca entre los ojos. Me gustan los caballos. Me dan ganas
de acariciarles el hocico, que es lo más suave que existe en
el mundo. Me les acerco. El potro frota la cara contra el cuello de
la yegua. Tienen las patas todas agujereadas por los tábanos.
Hay tábanos a cagarse. A la yegua, que es clara, le brillan unas
gotas de sangre arriba de los cascos. Me acerco con la mano extendida
como para tocarlos, pero el potro amaga una carrerita y se pone detrás
del cuerpo de la yegua. La acaricio en el cuello, detrás de las
orejas. Tiene pestañas. Me veo casi entero en su ojo negro. Me
parece algo raro y hermoso verse a uno mismo en el ojo de un animal.
Siento esa fiebre que me agarra cada vez que quiero escribir, pero no
tengo ninguna idea. Es la sensación de lo hermoso, nada más
inútil. Toco el hocico de la yegua. Está tranquila y me
mira como si me leyera el pensamiento. La cabeza del potro asoma por
debajo. Una garza o algo parecido pasa volando en el cielo. Qué
al pedo que estoy, pienso. Acá, lejos de todo, callado, acariciando
un caballo. Debería estudiar o laburar. Pero bueno. Esto es lo
que quería. Estar tranquilo, lejos, distraerme con algo nuevo
y raro. En unos días me vuelvo y todo va a ser igual. La diferencia
a mi favor va a ser que Marcia no se entere de que lloro por ella, porque
me fui a llorar lejos.
Me doy vuelta y veo que Camila me mira. Está sentada en la hamaca
con un racimo de uvas en la mano. Se come una uva. Se me llena la boca
de agua. Voy.
- ¿Están buenas?
- Probalas.
A la mierda, la Camila habló. ¡Y cómo habló!
Tiene la voz grave. Levantó una ceja antes de abrir la boca para
decir “probalas”. Y ahora me mira con todo el pelo tirado
para un costado. Tiene una mitad de la cara en sombra, la otra mitad
dorada por el sol de la tarde. Me ofrece el racimo de uvas con las dos
manos. Arranco una grande.
- Están buenas ?digo.
- ¿Dormiste bien?
- ¿Si dormí bien?
Me mira.
- Ah, sí ?contesto.?Dormí bien.
- Te vi llegar tarde.
- Salí a caminar. La noche acá es linda.
- Es la única que conozco.
- Bueno, creeme que es linda.
- Te creo.
Los dos sonreímos al mismo tiempo. Me da más uvas. No
me parece tonta ahora que sé que puede hablar. Y tiene una voz
que me gusta. Es más, toda ella tiene algo que me gusta. Me dice
de sentarme en la hamaca al lado suyo. Mala idea, pienso. ¿Pero
mala idea por qué? No tiene nada de malo. Sin embargo me resisto.
Doy unos pasos hasta el ciruelo y corto una flor color manteca.
- ¿Te gusta? ?le digo.
- Me gusta.
Le pongo la flor sobre la oreja que tiene descubierta. Le queda bien.
Me dan ganas de mirarla mucho, pero no puedo. Sonríe apenas,
sin mostrar los dientes. Me parece un cuadro. La piel oscura, el pelo
negro, la hamaca azul y la flor manteca. Las uvas verdes y la boca roja,
que tiene el mismo rojo que se le sube a los pómulos cuando se
ríe. La voz de mi tío me llama.
Estamos en el secadero de tabaco. Las hojas gordas
cuelgan en ramos todo a lo largo de las vigas. Está fresco acá
y se respira un olor agrio muy agradable. Me dan ganas de fumar.
- ¿Vos fumás de tu propio tabaco, tío?
- Yo no fumo.
Mierda. Me pareció lo más raro del mundo. Lo que daría
yo por fumarme una de estas hojas frescas, secadas a la sombra. Huelo
de cerca un ramo.
- ¿Puedo armarme un cigarro con una hoja de estas?
- Mauricio, si te fumás una de estas hojas así como están,
vas a cagar hasta el alma.
Me hace reír, pero no le creo. Debe ser que no quiere perder
ni una hoja de tabaco. Yo sé que los granjeros son amarretes,
pero tampoco la boludez. Una hojita.
- ¿Hablaste con la Camila?
- Ah, sí. Hablamos un poco. Es tímida.
- Sí, es tímida. Yo estoy pensando en casarla.
- ¿En casarla?
- Sí. Me da pena que esté sola acá. Siento que
se apaga, que se muere.
- ¿Pero cuántos años tiene?
- Dieciocho, ya. Es buena edad.
- No sé ?digo. ?Me parece muy chica. ¿No puede ir a estudiar
o a trabajar a la ciudad?
- ¿Trabajar de qué? Acá todas las ignorantes como
ella salen para putas. Si no se casa, lo mejor que le puede pasar es
irse de sirvienta a Buenos Aires. Y no quiero eso para mi hija.
No digo nada. El sol ya casi se puso y la luz ahora es diferente. Salimos.
- Mirá ?me dice, y me señala dos tucanes que pasan volando
bajo y se pierden en el campo de enfrente. ?A esta hora atacan los cítricos.
Me pregunto si habrá algo en este lugar que no sea atacado por
ningún bicho.
- ¿Podemos ir a cazar uno de estos días, tío?
- ¿A cazar? ¿Qué querés cazar?
- No sé, cualquier cosa. Un puma, un mono.
Mi tío se ríe. Me pone la mano en el hombro.
- No, Mauricio. Cazar no. Si querés podemos pescar, eso sí.
¿No te gusta pescar?
- Me aburre un poco.
- Fumar y cazar, Mauricio. Ninguna de esas cosas es buena.
Iba a preguntarle por qué mierda plantaba tabaco, pero me callo.
Los viejos son así. Todavía no sé para qué
me trajo al secadero. Lo miro como esperando algo.
- Podés venir a leer a la tarde, si querés. Es el lugar
más fresco y no hay moscas. Ni a las moscas les gusta el tabaco.
Se ríe. Le digo que sí, que voy a venir a leer mañana.
Me da una palmada en el hombro y salimos. Ya es de noche, pero se puede
ver todo. La hamaca paraguaya está vacía. ¿Hay
luz en la ventana de mi cuarto o estoy confundido? Entramos a la casa.
La sirvienta sorda pone la mesa. Una fuente con el pollo y otra con
las papas y la mandioca. Una jarra con jugo espeso de mango y otra con
jugo de ananá. No sé cómo se sacan la sed tomando
ese jugo tan espeso. Por suerte veo que hay una jarra de agua con hielo
y una botella de vino tinto. Aparece Camila. Tiene la flor de ciruelo
en la oreja, pero se cambió la remera. Ahora tiene puesto algo
negro con tres botones en el pecho. El pantalón de jean es el
mismo de hace un rato. Cenamos los tres juntos. La sirvienta sorda va
y viene a ver si necesitamos alguna cosa. Yo le pedí un cuchillo
que cortara mejor, porque el mío no tenía filo, y me trajo
el mismo, pero limpio. Ahora como el pollo con la mano. De postre hay
mango y rodajas de ananá. Yo quisiera un helado.
- ¿Queda lejos la ciudad?
- Se puede ir caminando en unas dos horas.
- Ah, no es tan lejos.
Se me ocurre llevar a Camila a tomar un helado, no ahora, sino mañana.
Debe hacer mucho tiempo que no va a la ciudad. El tío le dice
a Camila que se vaya a acostar. Ella se va. En toda la comida no dijo
una palabra. El tío se la pasó hablando del campo y la
falta de lluvia. Me deprime escuchar cosas sobre el cambio climático,
que la tierra se pone mala y todo eso. Mientras hablaba, traté
de no pensar.
Enciendo la luz de mi cuarto y veo que la cama está tendida.
Lo bueno de este lugar es que ni bien apoyo la cabeza en la almohada,
me duermo. Si hay algo que en estos días me estaba costando como
loco era dormirme, y acá lo consigo sin problema. Leo un poco.
Termino un capítulo y me fumo un cigarrillo en la ventana. Miro
el cielo, la vía láctea. No encuentro la luna. Se escuchan
los ruidos de ranas y grillos. Hay bichos de luz enormes que parecen
linternas. Se me debe estar llenando el cuarto de polillas, pero no
me importa. Ya está, una vez que estoy acá, sé
que tengo que convivir con este tipo de cosas. Cada tanto se escucha
un camión que pasa. No está bueno tener una casa tan cerca
de la ruta. Veo la yegua gris que pasa caminando. Ahora de noche parece
un fantasma. La llamo. Me mira un segundo y desaparece entre unos árboles.
No sé cómo tienen los animales sueltos. Me imagino un
accidente en el que un Scania choca con la yegua y mueren yegua y camionero.
Es un cargamento de troncos que va a Brasil. Los troncos caen en la
ruta y los diez próximos coches que pasan se hacen mierda y muere
más gente. Ojo, por ahí la yegua está adiestrada
para no cruzar la ruta.
- Pero cómo podés confiar en un animal?
- Hola.
La puta madre, me asusté. Es Camila.
- Hola?digo, agitado.?Me asustaste.
- Perdón.
Me saca el cigarrillo de la mano, da una pitada y me lo devuelve. Ese
gesto está muy trillado, pienso. Es lo típico que hace
la mujer cuando se quiere acercar a uno que está fumando. Marcia
no fuma. A la mierda con Marcia.
- ¿Qué hacías??pregunto.
- Salí a ver la noche.
Otra vez sonreímos al mismo tiempo. Nos separa la pared.
- ¿Puedo entrar?
- ¿Al cuarto?
- ¿Y adónde, si no?
- Ah, sí, pasá.
Mala idea, volví a pensar igual que hoy, pero esta vez cedí
y la ayudé a pasar. Tiene los brazos muy fuertes, debe tener
más fuerza que yo. Se echó el pelo a un costado. Ya no
tiene la flor color manteca. Tiene un olor entre amargo y dulce, como
a caramelo quemado. Este debe ser su olor, pienso. Seguro que si se
baña ahora y la huelo, va a seguir con el mismo olor a caramelo
amargo. Agarra el libro que estaba en la cama. Estoy apunto de detenerla,
porque lo dejé sin señalador, abierto boca abajo, pero
ya es tarde. Igual, lo dejé justo en el final del capítulo.
- ¿Te gusta leer? ?le pregunto por compromiso, porque es claro
que no debe leer nada.
- Me gusta.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Me gusta Horacio Quiroga. Me gusta mucho. Y escribí
varios cuentos, pero son malos.
- ¿Sí? ¿Y cómo sabés que son malos?
- Mi papá dijo que son malos.
- ¿Y qué sabe tu papá?
Me mira con la boca abierta.
- ¿No querés mostrarme alguno para que lo vea? Yo te puedo
decir mejor que tu papá si son buenos o no.
Se mordió el labio.
- Me gustaría. Pero mi papá los tiró.
Mierda. Qué viejo de mierda.
- Qué mal. ¿Y te los acordás? Digo, como para contarme
alguno.
- Sí, pero no tengo ganas de contarlos ahora. Otro día.
- Está bien.
Mira la contratapa del libro.
- Me falta poco para terminarlo. Cuando lo termine te lo regalo.
- No, gracias. A mí me gusta Horacio Quiroga.
- ¿Solamente?
- Solamente.
- Como quieras. Yo en tu lugar lo aceptaba.
Me mira. Deja el libro en la cama. Es claro que no le interesa. Siento
un clima tenso. Miro el piso, me muevo. Ella está inmóvil.
Todavía me mira.
- Eh, bueno. Me voy a dormir yo. Hasta mañana.
- Está bien?dice.?Me voy.
- ¿Te vas por la puerta o por la ventana?
Se ríe.
- La ventana.
La ayudo a subir, pero es evidente que ella puede sola. Cuando ya está
del otro lado me mira, se echa el pelo a un costado y me da un beso
largo cerca de la oreja.
?Hasta mañana, Mauricio.
Me despierto otra vez al mediodía por la voz
de mi tío, que me trae mate y chipá. Me dice que no hay
leche, porque la Camila se despertó tarde y no ordeñó
la vaca.
- La está ordeñando ahora, así que va a haber leche
para la tarde?dice.
Tomamos mate y yo me como todo el chipá. Me vuelve a hablar de
lo bien que haría si me pusiera a trabajar en el campo con él.
Me dice que me quiere mucho, que no tiene hijos varones, que él
a mí me heredaría todo.
- A la Camila le dejaría una casita, plata. Por eso quiero que
se case. Pero el campo, si tengo que dárselo a alguien, ese alguien
sos vos, Mauricio.
- Claro, sí.
- Y me encantaría que te interesaras, que mires cómo manejo
las cosas, que me hagas preguntas.
- Claro.
Me mira. Me pone incómodo.
- ¿Me querés acompañar en la camioneta a comprar
semillas?
- Claro.
Me arrepiento en seguida.
- ¿Eso es hoy?
- Ahora en un rato.
Le digo que estoy medio cansado, que prefiero quedarme leyendo y termino
aceptándole ir mañana. Me deja solo. El chipá te
hincha. La yerba tiene un gusto ahumado muy rico. Cuando esté
por volver, le voy a pedir un poco de esta yerba para llevar. Salgo
con el libro en la mano para ir al secadero. Esta vez me voy a fumar
una hoja. El sol pica como nunca. No hay una puta nube en el cielo y
todo me parece blanco y amarillo. La tierra roja tiene destellos amarillos
y los árboles verdes y azules tienen destellos blancos. Los boyeros
gritan y gritan las chicharras como la alarma de un coche. Me viene
a la cabeza el nombre Selva Beatriz. Me da una tristeza hondísima,
como ganas de vomitar. Ojalá no existiera. La hamaca está
vacía. Se me hace largo el camino hasta el secadero. Uno puede
desmayarse así. Ahí está Camila. Atrás de
la hamaca había un arroyo, yo no sabía. Este lugar parece
estar lleno de lugares escondidos. Un caballo oscuro toma agua. Me acerco
a Camila, que está parada sin hacer nada.
- Hola.
- Hola.
A ella no parece afectarle el sol, pero si le toco la cabeza me quemo
la mano. Nos ponemos en la sombra. Al lado del agua hay mariposas amarillas,
quietas, con las alas plegadas. Hasta en los lugares con sombra se respira
aire caliente. Camila se chupa el dedo y lo acerca a las mariposas.
Varias vuelan en círculos alrededor de ella y una se le posa
en el dedo que se chupó. Me la acerca. Veo la mariposa amarilla,
grande, delante de su cara, el pelo negro todo hacia atrás, la
blusa blanca brilla sobre su piel oscura. No se puede llamar Camila.
No sé cómo debería llamarse, pero Camila no. La
mariposa abre y cierra las alas en su dedo. Ella por algo quiere que
yo mire esto. Debe ser algo hermoso para ella. Me acerca el dedo a la
cara y la mariposa sigue ahí, mansa. Hay pedazos de sol que entran
por entre las ramas. El caballo oscuro ya no está cerca, creo
que cruzó el arroyo. El agua corre. La mariposa abre y cierra,
abre y cierra las alas en el dedo que ella se chupó. Un pájaro
grita. Camila tiene los dientes blancos. Un poco de sol cae directo
en su blusa blanca, y yo puedo ver cómo se le transparenta un
pezón. Ella sigue sonriendo. Es el momento más quieto
y más silencioso que tuve desde que vine. Ella sopla y me llega
algo de su aire a la cara. La mariposa se vuela y ya es una más
del montón. Tal vez a Marcia le gusten las mariposas. Camila
tiene algo de Marcia en la cara. Debe ser la parte polaca y española,
que está perdida entre tanto de guaraní. Las chicharras
chillan, pero si uno se olvida las deja de oír.
No me gusta esto. Podría gustarme, es más, pienso que
debería gustarme, pero no me gusta. Prefiero estar solo. Quiero
estar solo en el secadero de tabaco, leyendo, fumando. Me molesta que
Camila no hable. Ella se las arregla sin hablar. Tal vez sea así
por vivir con una mujer sorda, puede ser, pero a mí me pone nervioso
que esté tanto tiempo en silencio. El silencio no se comparte
con alguien desconocido. Me molesta ser el único que sabe estas
cosas.
- Nos vemos ?le digo, y me apuro por el sol hasta el secadero de tabaco.
No me doy vuelta, pero sé que se quedó mirándome.
Me pregunto si por adentro también será callada o si estará
llena de voces, como yo. Así como se ve, uno puede creer que
Camila no piensa con palabras. A la mierda con eso. Acá está
fresco. El olor ya se prometía desde el arroyo, cada tanto, cuando
se movía un poco de aire. Arranco una hoja que está bastante
seca de uno de los ramos. Es quebradiza. Ni idea yo, pero me imagino
que para hacer los habanos deben humedecer las hojas para enrollarlas.
Podría machucar una hoja y armarme un cigarro. Hago eso. Me parece
que estoy haciendo una pelotudez inmensa, pero no me importa. Me armo
un cigarrillo gordo y deforme. Me siento y lo enciendo. Larga un humo
como para ahumar todo el lugar. Espero que después el tío
no se de cuenta. Me lo fumo despacio. No está muy bueno. Como
un boludo me aspiré un pedacito de hoja y toso. Toso mucho. Aparece
Camila.
- ¿Qué hacés? ?le digo, la voz que me tiembla por
tener algo atorado en la garganta. Toso.
- Vos qué hacés.
- Fumo.
- Qué asco fumar de acá.
Se me acerca lenta. Tiene el pelo mojado y por eso el olor suyo me parece
más fuerte, aun con este olor a humo. Me mira callada. No sé
lo que quiere. Me empiezo a sentir raro. Son ganas de cagar. Pero mal.
Agarra mi encendedor, lo enciende y pasa el dedo por la llama. Parece
idiota. A ver, me estoy cagando. Amago como para salir. Tengo el libro
en la mano. Ella me mira, me quiere decir algo. Salgo afuera y el sol
me mata. Ni en pedo llego hasta la casa. La puta madre. Cagaría
acá mismo, ahora, ya. Le digo que me deje solo, pero lo digo
mal, no me entiende.
- Que vayas para la casa, yo ahora voy. Dejame un minuto.
Ella me mira, me deja el encendedor y se va. Camina lento, pero ya se
fue. Salgo por el otro lado. Hay un matorral, está todo lleno
de bichos. Tengo que cagar acá en los yuyos. Me bajo los pantalones,
casi no me dan las manos para el calzoncillo y, por fin, cago. Nunca
cagué tanto en mi vida. Encima con un miedo constante a que algún
bicho o alguna víbora me pique el culo. Un pecado: me limpio
con el prólogo de los traductores mejicanos de “Retrato
del artista adolescente”. Pecado por romper el libro, porque el
prólogo ese no lo leí ni nunca pensaba leerlo. Esto me
pone de mal humor. Todo esto. Haber fumado y haber cagado atrás
del secadero. Que Camila se haya aparecido de golpe cuando tosía.
Pensar el nombre de Selva Beatriz. Que mañana tenga que ir con
mi tío a comprar semillas. Que mi tío me rompa las pelotas
para que trabaje en el campo. Marcia. Marcia y la reputísima
madre. No debería haber venido. Tendría que haberme pagado
unas vacaciones en algún lugar para estar solo. Venir acá
fue la peor pelotudez que pude haber hecho.
Me quedé dormido en el galpón sucio
que es un secadero de tabaco. Me despierto de peor humor, pegajoso,
con la sensación de que hay bichos que me van a picar. Me rastrillo
el pelo con los dedos. Me sacudo la ropa. Quiero bañarme. Salgo.
Afuera el sol bajó y hay sombras largas. La yegua camina sin
el potro. En lo único que pienso es en las ganas de no cruzarme
con mi tío. Quiero ir, ducharme, descansar, tal vez quedarme
dormido de nuevo y que me llamen para comer. Tengo un hambre de locos.
Ojalá que haya carne, no quiero pavo. Si hay pavo, que venga,
pero cómo me comería un lomo al horno o milanesas o un
churrasco. Tengo que comerme algo antes de bañarme para calmar
un poco el hambre. Entro a la casa. En la mesa está la fuente
con una ananá, tres mangos y un racimo de bananas que parece
una mano deforme o muchas vergas atadas. Una vez me contaron que en
la época de la conquista unos indios atraparon un grupo de españoles
y los castraron a todos, y que con las vergas hicieron racimos, y que
después, a los que habían sobrevivido, les hicieron comerse
todas las vergas. Yo creo que antes de que me la corten me puedo morir
de un ataque al corazón, como el unitario famoso. Aunque nunca
supe lo que le iban a hacer al unitario ese, si cortarle la verga o
si meterle algo por el culo. En la mesa, además de las frutas,
hay chipá, pero algo me dice que lo estaba comiendo la sirvienta
sorda y me da asco. Arranco una banana y me la voy comiendo mientras
camino hasta mi cuarto.
La luz está prendida y hay olor a vapor con shampú. Cierro
la puerta con llave. Me alegro de no haberme cruzado con mi tío.
Eso me pone de mejor humor. Hay alguien en mi baño y es obvio
quién es.
- Hola - digo, no sé por qué, para que sepa que estoy,
pero sé que ya lo sabe.
Sale. Tiene la toalla amarilla atada en el pecho, que le llega a cubrir
hasta muy por arriba de las rodillas. Tiene piernas de maceta. Inmediatamente
pienso en las piernas de Marcia. Qué diferentes. Es gracioso
que existan cuerpos con formas tan diferentes. No, no es gracioso. Odio
esta expresión que tiene. Me mira sin decir nada y no sé
lo que quiere. No sé si fue un accidente el hecho de que yo la
encontrara o si fue algo que ella planeó. Me canso de mirarla
y de pensar. Me aburre que no hable. ¿Es idiota? Parece idiota.
- ¿Qué hacías acá?
Me mira asustada, no contesta. Me enojo. Tal vez le di demasiada confianza.
Claro. Entonces, como no tiene a nadie en el mundo más que a
esa vieja sorda y al padre, que la tiene sometida como a una retardada,
me ve a mí, que soy bueno con ella, y le dan ganas de seguirme.
Claro.
- A ver. Estás desnuda en mi cuarto. ¿Qué pasa?
Sonríe, qué hija de puta. De golpe, como la vez que habló
para decir “probalas”, gana toda la expresión del
mundo y parece otra mina.
- Me gusta este baño, nada más ?dice.
Ah, bueno. Y qué, ¿se va a quedar ahí? No. No se
queda ahí. Se me acerca, lenta, pesada. Quiere besarme. Me besa.
No es que nos besamos, ella es la que besa. Debe ser que con esa boca
enorme no hace falta que ponga algo de mi parte. La abrazo, la aprieto.
Es maciza. Pienso que a Marcia no la apretaba así. A esta le
puedo casi enterrar los dedos en la carne. Y vuelvo a decirme que no
es gorda. Necesito decírmelo porque para mí es muy importante
saber que no estoy abrazando y siendo besado por una gorda. No. Camila
no es gorda. Es maciza. Es un monumento, como una tahitiana color bronce,
sin las flores en el pelo, pero envuelta en una toalla color del sol.
Se abre ella sola la toalla y siento antes que los pechos el vientre,
macizo, no gordo, contra el mío. No la quiero ver entera. Quiero
apagar la luz, pero no puedo decirle eso. Tal vez deba apagarla sin
decirle nada, sería lo mejor. Pero no, es tarde. La cosa ya está
avanzada. Me sentó en el borde de la cama. Yo le digo que pare
un poco, pero al mismo tiempo le estoy acariciando la cabeza. Y bueno.
Ya estamos. Ya está. No fui yo el que quiso esto. Ella me agarró
de prepo, ahora que se la banque. No, qué hija de mil putas.
Pasa el filo caliente de la lengua una, dos, tres, cien veces. Tarda
en comérsela con esa boca enorme, de una vez. Ah, por fin. Va
bien. Es una hija de puta. Me tiemblan los brazos, que me mantienen
sentado. Me pone una palma abierta en el pecho, sin perder el ritmo,
y me deja quebrar los brazos para recostarme. Se me durmieron los brazos,
desde los hombros hasta las manos, todo hormigas. Esto va a terminar
pronto, falta poco. Arqueo la espalda y aprieto el culo, y ay, que falte
todavía un poco más. Un poco, que dure un minuto, un segundo
más. Más, eso. Y un aire raro, un olor raro, todo está
tan raro. El cuarto está raro y si cierro los ojos también
es raro. Y ya. Ya es ahora. Pero ella, que tiene los labios babosos,
gordos, una lengua enorme y dura y fofa al mismo tiempo, se detiene
y se endurece toda, tanto que me endurezco todo yo y los dos gritamos
al mismo tiempo. Ya es ahora y todo estalló de una vez. Estalló
la oscuridad y la luz, y la luz mató a la oscuridad y la oscuridad
mató a la luz. Es el mismo duelo de siempre, nada más
que cada vez pienso que es mejor que el anterior, y me prometo que siempre
habrá uno mejor esperándome atrás de mil cosas
que se encienden y se apagan. Qué bueno que es quedarse abrazado
y metido adentro todavía después de que todo haya explotado
adentro y afuera y que uno se sienta tan cansado y tan vacío
que no le moleste pensar en que no es más que un animal que acaba
de hacer algo que la naturaleza nos obliga. Porque la naturaleza es
lo único que uno puede sentir de verdad, como comer, cagar o
coger, todo eso es naturaleza y uno lo sabe y uno se entrega como a
una madre, como a una matriz o como a una muerte buena y dulce y sobre
todo tibia y húmeda y fofa y firme al mismo tiempo y que no es
más que una boca o una vagina que uno ama.
Y Camila habla y no le hago caso. A veces Marcia hablaba después
de coger, y yo tampoco le daba pelota. No hay que hablar en esos momentos,
pero esto no todo el mundo lo sabe. Yo lo sé y me creo superior
a Marcia y a Camila por saberlo. Ojalá algún día
conozca a una mujer que lo sepa y que no me mire ni me hable después
de coger, que solamente se quede al lado mío y me haga sentir
que sigue ahí, viva, que respira con todo el cuerpo en medio
del silencio en que nos convertimos. Pero Camila me está diciendo
algo. Me dice, me habla, se viste y llora. La puta madre. La cagamos.
- ¿Cómo que tu papá?
- Mi papá estaba en la ventana, te digo. Me miró a la
cara y se fue.
Siento que me enfermo. La odio. Me mira y sabe bien que la odio. Sigue
llorando. Soy un hijo de puta, ya lo sé. Sale. Me baño,
por fin, pensando en mil maneras posibles de mirar a mi tío después
de esta cagada. “Yo nunca quise esto”, puedo decirle. Pero
es al pedo. Todo lo que pueda decirle va a ser al reverendo pedo. Cuando
termino de vestirme, como si hubiera estado controlando lo que fui haciendo,
me llama a cenar con la voz buena de siempre. Salgo. La cena se da normal.
No puedo estar más incómodo. El tío me da el mejor
pedazo de pavo y le echa salsa arriba. No puede ser más generoso.
Me sirve vino. Me habla del campo como siempre pero no dice nada sobre
la salida de mañana a comprar las semillas. No puedo concentrarme
en lo que dice. Camila come poco. Corta las papas antes de comerlas.
No quiero mirarla, pero igual la miro. Miro al tío a los ojos
y me siento una basura. Bueno, me lo busqué.
Me despierta mi tío y la luz que entra de
golpe por la ventana se me mete hasta en los huesos. Se sienta en la
cama y me ceba un mate. Vuelvo a pensar en eso de llevar yerba. Me habla
no sé de qué, pero yo digo que sí. Ah, me pide
de una manera muy amable que vuelva a Buenos Aires. Y sí, está
bien. Dice que no está enojado, pero no me aclara por qué.
Mejor, mil veces mejor. Siento que es una buena persona. Me da otro
mate y mira cómo lo tomo. Vuelve a decir que no está enojado,
pero que es necesario que me vaya. Le digo que está bien, le
agradezco por todo.
Hago mi bolso y dejo el cuarto ordenado. “Retrato del artista
adolescente” quedó arriba de la cama, como regalo para
Camila. Espero que no vaya a querer el prólogo de los mejicanos.
Me río solo. Siento pena. Salgo. En la mesa hay un paquete de
yerba ahumada y unos panes.
?Los panes son para tu mamá ?dice el tío. ?La yerba es
para vos.
Le agradezco. Dice que me va a llevar en la camioneta hasta la terminal
y digo que está bien. Dice que lo espere, que está listo
en un minuto. Yo salgo. Camila no está por ningún lado.
Y no. Siento que este día es diferente. Será que uno mira
con otros ojos el lugar que está por dejar. Los boyeros gritan
y los miro por primera vez. Son lindos bichos. Y qué loco eso
de los nidos, la verdad. Tengo ganas de comer alguna de las uvas de
la parra, ir y arrancar una uva de la planta. Dejo el bolso en la entrada
y voy. Y ahí estaba, como tenía que ser, la Camila en
la hamaca. No me ve. Levanto la mano para que me mire, para saludarla,
y entonces le veo la cara. A la mierda, me agarra un escalofrío
como si fuera a vomitar de golpe. Tiene la boca atravesada por una marca
de sangre seca. Se da cuenta de que la miro como un monstruo. Baja la
cabeza y se va. A dónde, ya no importa.
Los poemas de Martín Camps
(de La invención del mundo-Veracruz,
Gobierno del Estado de Veracruz-2008)
Los Angeles - Riverside
En sábado la ruta es triste,
las fábricas vacías,
los rollos de metal desiertos bajo el brillo del sol.
Un camión abandonado y viejo
con un corazón pintado y en letras blancas:
Amor y soledad.
El traqueteo férreo de las vías,
y si te fijas puedes ver el interior de los furgones
todos vacíos, los muros blancos donde antes estaba el graffiti.
Un río verde y en camino.
Vías abandonadas que llevan a campos de béisbol desiertos.
Piscinas limpias, azules y dormidas.
Una bolsa de plástico atorada en una malla ciclónica,
ondulante como la bandera de los solitarios.
Ciudad Juárez is not a little soft city
Ciudad Juárez es una ciudad canina
ladra en la memoria
con un regimiento de colmillos en el hocico.
He visto a los travestidos
gritar desde una cortina roja
con el cuerpo sublevado.
A los deportados caminar el puente
con la cabeza en alto
mientras planean su regreso al otro lado.
Dicen que esta ciudad es violenta
y no saben cómo aprietan el gatillo
en esta tierra, cómo estrujan
las mandíbulas y los dientes de oro
cuando apuñalan con picahielo.
Odio es el nombre de esta calle.
Es cierto, a veces la nieve detiene
por una tarde el engranaje de la muerte
y se pueden ver atardeceres resplandecientes
en el espejo retrovisor de un yonque olvidado.
Jirafa en Juárez
En Ciudad Juárez hay una Jirafa,
así con mayúscula, grandota y sola.
La vi mirando el atardecer,
el sol enterrándose en el cerro de la Biblia
y recordar su sabana, las hojas de acacia
que cenaba después de
huir del acoso de los leones.
Aquí en el norte de México está tranquila,
la tratan bien, como a una extranjera.
Le intrigan aún los frenos quejosos de las rutas,
los niños generosos que la miran como un gatito desarrollado.
Juárez es su circo, su llanura y zoológico.
Nadie se explica muy bien cómo llegó
si un burócrata la compró en un safari
para adornar su nuevo parque central
o si llegó sola, en autobús,
en busca de trabajo, como todos.
Ponte Vedra
Los ojos nublados
y los relámpagos cárdenos
en la noche de Ponte Vedra.
En la playa,
un viejo recoge conchas
entre la arena
con la humildad
de quien recoge a pedazos
un plato roto.
Ya es la noche abierta,
sólo se ven las cintas
encanecidas de las olas
y se escucha el crujir de las almejas
como un rechinar de dientes.
Café en la calle tercera
Son las ocho de una noche de apretada luna,
llena como redondo costal de harina.
Han salido todos a pasear a sus perros,
a mirarlos orinar y defecar en las áreas verdes.
Soy un extranjero en esta ciudad delicada
donde se duerme temprano y con pijamas.
Soy un extranjero en esta ciudad de la tarde de té y de bridge.
De suéter en la espalda y de conversación ligera
como oblea que se disuelve en el paladar.
Soy un extranjero en esta ciudad de domingo en la iglesia
de calles limpias a las lozanas diez de la noche.
Soy un extranjero en esta ciudad del aparador limpio
y de la dependiente bella y amable.
Soy un extranjero en esta ciudad del “Dirty Blond Salon”
y “Kevin’s Grill”.
Soy un extranjero en esta ciudad de los hidrantes solitarios,
silenciosos monjes de acero, henchidos de agua, lindamente calcáreos.
Soy un extranjero en esta ciudad donde
me preguntan dos veces mi nombre.
Mujer sombra
La sombra de la mujer bella que camina hacia la tarde
La falda café unas piernas blancas y las botas negras
Una sombra esbelta que alcanza la de los pinos
Una sombra que baila frente al sol y bajo el cielo azul
La sombra de una mujer bella duele como la del ciprés.
Todavía en su cuerpo es fresco el barro
Hicieron el amor en el auto, en el asiento trasero de un Nissan azul,
mientras su amigo conducía por algunas calles cercanas a la escuela.
La maestra de inglés tenía veinticuatro y él dieciséis,
el alumno reprobado. Reporta la policía que lo hicieron en el
salón de clase y en la casa de la maestra. El alumno recuerda
la suavidad de las sábanas, el olor a rosas del baño,
su cajón de bragas donde extrajo la más pequeña
que ella vistió sin dejar de mirarlo. Retozaron por una semana
en el ojo sereno de un tornado. Y todo se supo. A los investigadores
se les infló la bragueta con los detalles. La televisión
parloteaba el caso y los puritanos se rasgaron las vestiduras. La maestra
rubia en blusa roja caminaba como la mujer más deliciosa del
mundo. Invencible, maniatada en esposas de acero.
Credo
Yo creo en el deseo, en el poder rotundo que desea que esta palabra
exista, que esta línea se extienda. Creo en la belleza, en un
cuerpo bien hecho como una piedra de río. Yo creo en que todo
muere. En que todo dura lo que un puño de sal en la garganta.
Yo creo en la tierra cuando cae sobre la tierra. Creo en el sonido de
la pala cuando abre un hoyo. Creo en la escritura, aunque cuesta. Creo
en que todos los mares son el mismo. En que todos son agua y que la
lluvia es un mar repentino, vertical, intermitente. La lluvia es un
mar que deja tocar fondo. Creo en la anciana que se enoja viendo las
noticias de la guerra y dice: ¡Esos cabezas de cerdo! ¡No
saben que todos somos mujeres, niños, hombres…! Creo en
la mujer que no sabe escribir el nombre de su esposo, pero se lo imagina.
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